Queda poco más de un año. Según J.J. Benítez, el 29 de agosto de 2027 un asteroide llamado GOG se estrellará en el Atlántico, a 326 kilómetros de las Bermudas. Mil doscientos millones de muertos. Olas de mil metros. Nueve años sin ver el sol. Lo dejó por escrito ante un notario de Sevilla en 2011, para que constara.
Y aquí está lo divertido: el asteroide existe. Es real, tiene nombre —1999 AN10—, tiene ficha en el catálogo de la NASA y tiene fecha. Lo que pasa es que ni la fecha, ni el tamaño, ni la velocidad, ni el destino que le atribuye Benítez encajan con los reales.
Empezando por el día. El único acercamiento real de ese asteroide no es el 29 de agosto: es el 7 de agosto de 2027, a las 07:11 UTC, o sea veintidós días antes de la fecha señalada. Cuando llegue el 29 y el reloj de arriba se ponga a cero, el asteroide llevará ya tres semanas alejándose de nosotros.
Y no va a estrellarse: va a pasar de largo por detrás de la Luna, mientras miles de aficionados lo miran con prismáticos desde el jardín de su casa.
📐 Cómo está montado esto. Primero cuento la profecía tal y como él la contó, con sus fuentes y sus palabras. Después abro el libro, que lo he leído entero, y enseño dónde se contradice a sí mismo. Y al final me voy al catálogo de la NASA y lo comparo todo, dato por dato. No hace falta que yo adorne nada: los números hablan solos.
Primera parte: la profecía, según su autor
El libro y el notario
La historia arranca en Gog, empieza la cuenta atrás (Planeta, 2018). Y hay que empezar por lo que casi nunca se cuenta: es una novela, y así la publicó y la cataloga Planeta. Tiene personajes inventados —una astrónoma mestiza llamada Stare, un astrofísico alemán, un coronel— y los datos del asteroide se los van soltando unos a otros en diálogos. He leído el libro para escribir esto: ahí no hay un informe, ni un documento, ni una fuente citada. Hay ficción. Y en cuanto salió de la imprenta, su autor empezó a contarlo como si no lo fuera.
Pero antes de entrar en eso, el detalle que lo empieza todo. Benítez sostiene que llevaba quince años detrás del asunto y que en un momento dado decidió ir a un notario. Lo contó así en Escudo Digital, en octubre de 2021:
«Varios años de dudas hasta que vi que podía tener cierta credibilidad y me impresionó tanto que me fui a un notario para que levantara acta.»
El acta se firmó en Sevilla en 2011. Es, con diferencia, el mejor detalle de toda la historia, y vuelvo a él al final. Quédese de momento con el gesto: un hombre tan seguro de un dato que paga una minuta notarial para dejar constancia de que lo dijo antes que nadie.
Fuente: Escudo Digital, 27 de octubre de 2021 ↗
Novela o no novela: las dos cosas a la vez
Aquí hay que pararse, porque es el nudo de todo el asunto y casi nunca se explica bien. Y no se explica porque no tiene una respuesta limpia: Gog es una novela y no lo es, según a quién y según cuándo se le pregunte. Vamos por partes.
Para la editorial, es ficción. Planeta lo publicó el 6 de septiembre de 2018, 168 páginas, tapa dura, en la colección Biblioteca J. J. Benítez. Y en su propia web lo cataloga en «Novela contemporánea», subcategoría «Acción y conspiraciones». Con su etiqueta y todo.
Para el autor, también. En la dedicatoria del libro da las gracias a cinco personas «que me animaron a novelar Gog». La palabra la escribe él.
Y sin embargo. La sinopsis oficial, la que va en la solapa y en la web de Planeta, no dice «esta novela». Dice esto:
«Lo más importante de esta supuesta novela es lo que se intuye, no lo que se lee.»
Supuesta. Y lo importante no es lo que se lee. Es decir: lo que hay aquí no es esto que estás leyendo, es lo otro, lo que no se puede decir. Y la sinopsis se cierra con una frase suya que merece leerse dos veces, porque es una pieza de ingeniería:
«La información contenida en Gog es tan importante que, probablemente, es falsa. Sinceramente, si no lo lee, mejor para usted…»
En una sola frase dice que la información probablemente es falsa —queda dicho, ya nadie podrá reprochárselo— y a la vez que es tan gorda que más le vale a usted no leerla. Las dos cosas al mismo tiempo. Y en su web oficial el libro aparece clasificado, simultáneamente, en «Investigación» y en «Narrativa».
Y luego están las entrevistas, que es donde la coartada se cae del todo. En las que dio en 2021, con el libro ya tres años en las librerías, no habla de una novela: habla de un aviso. En Escudo Digital, en octubre:
«Ojalá esté equivocado, pero si no lo estuviera, se sabe o se cree que vendrá un gran meteorito que impacta en el Atlántico y provoca 1.200 millones de muertos.»
Eso ya no es una sinopsis. Ahí no hay personajes, ni Stare, ni el astrofísico alemán. Hay un periodista dando una noticia sobre el futuro.
Y hay un dato que lo remata, y es una fecha. El acta del notario de Sevilla es de 2011. La novela salió en 2018. Siete años antes de escribir la ficción ya había ido a un notario a dejar constancia de aquello. Nadie paga una minuta notarial para registrar el argumento de una novela que todavía no ha escrito. Se paga para acreditar que uno sabía algo, y cuándo lo supo.
Y así queda montado el tinglado
Si no cae nada en 2027, era una novela: lo pone en la ficha de Planeta, ficción, acción y conspiraciones, y él mismo avisó de que probablemente era falso. Si cayera algo, lo dijo él primero y tiene el acta notarial para demostrarlo. Cara, gana él; cruz, era ficción. No conozco una posición más cómoda.
Por eso este artículo va a entrar a discutir los datos de un libro de ficción, que a primera vista es una tontería —a nadie se le ocurre corregirle la física a una novela—. No estoy discutiendo la novela. Estoy discutiendo lo que su autor ha sacado de la novela y ha repetido en entrevistas, durante años, presentándolo como información de fuentes fiables y con un acta notarial encima de la mesa. Eso ya no es literatura. Eso se comprueba.
Fuentes: ficha oficial del libro en PlanetadeLibros (Editorial Planeta) ↗ —género «Novela contemporánea», 6 de septiembre de 2018, ISBN 978-84-08-19327-2— · web oficial del autor ↗ · la dedicatoria y la sinopsis, tomadas del propio libro · Escudo Digital, 27 de octubre de 2021 ↗.
Qué dice que va a pasar
Un aviso para no confundirse con el nombre
GOG, aquí, es el nombre que Benítez le pone al asteroide. No tiene nada que ver con GOG.com, la tienda de videojuegos —la antigua Good Old Games, de CD Projekt—, con la que no guarda ninguna relación. El nombre lo saca de la Biblia: Gog y Magog aparecen en el libro de Ezequiel y en el Apocalipsis como las potencias que se lanzan contra el mundo al final de los tiempos. Elegir ese nombre no es inocente: llega cargado de fábrica.
Un asteroide bautizado GOG impacta contra el Atlántico. Y el libro no se anda con vaguedades: da el punto exacto, a 326 kilómetros de Hamilton, la capital de las Bermudas, con coordenadas de mapa militar: 34° 12′ 3″ norte, 61° 25′ 15″ oeste.
El libro no lo despacha en un párrafo. Lo desarrolla «paso a paso», numerado, como si fuera el informe que no es. Esta es la secuencia, con sus cifras:
- La energía. Un personaje aplica la fórmula de la energía cinética a los 50.000 millones de toneladas y los 95 km/s de Gog y le salen 500 millones de bombas atómicas. Y remata: como pasó con Venus, el golpe «cambiaría el giro del mundo».
- La roca se parte. Al entrar en la atmósfera se rompería «en dos, tres o cuatro secciones», multiplicando los impactos.
- El cráter. 122 kilómetros de profundidad por 325 de diámetro, «como poco».
- La ola de fuego. Barrería 1.500 kilómetros a la redonda a 3.000 grados. «Nada quedaría vivo».
- La onda expansiva. Detrás del fuego, reventando todo en un radio de más de 2.000 kilómetros.
- Los tsunamis. Olas de mil metros a más de 700 km/h, terremotos de 9 y 10 en la escala de Richter por todo el planeta y vientos de más de 400 km/h.
- Los volcanes. El magma desplazado despertaría, dice, hasta la totalidad de los 1.343 volcanes activos del mundo. Y aquí es donde pone la cifra famosa: más de 1.200 millones de muertos en 48 o 72 horas.
- La ceniza. Diez teragramos de humo. En una semana cubriría el planeta; en cincuenta días taparía el sol. Las temperaturas caerían a 10 y 20 grados bajo cero y la oscuridad «podría prolongarse durante años».
Y el mapa que maneja la trama marca el sitio con un rótulo que no deja lugar a dudas: «lugar del impacto de Gog».
Y un remate que ya es de nota. En plena pandemia, Benítez colocó la covid en su sitio dentro del relato: lo de 2020, dijo, «sería un juego de niños» comparado con lo que viene. Un ensayo general.
Fuente: Gog, empieza la cuenta atrás (J.J. Benítez, Planeta, 2018), edición digital. Toda la secuencia anterior está tomada del texto del libro; las cifras entrecomilladas son suyas. La frase sobre la pandemia, de Escudo Digital, 27 de octubre de 2021 ↗.
De dónde salió la información
Aquí es donde la cosa se pone incómoda. Benítez nunca ha dicho quién se lo contó. Lo más concreto que ha ofrecido es esto:
«Lo único que puedo decir es que son fuentes fiables. Si no, no les habría hecho caso.»
Fuentes fiables. Del entorno militar y espacial estadounidense. Sin nombres, sin documentos, sin manera de comprobarlo.
Fuente: Escudo Digital ↗ · Portal de Cádiz ↗
Y aquí es donde uno lleva ya cuarenta años oyendo lo mismo
Porque esto no es una excepción. Es la casa. Quien haya seguido a Benítez desde los ochenta reconoce el mecanismo a la primera, y merece la pena ponerlo en fila:
El mayor de Caballo de Troya (1984). Toda la saga —más de cinco millones de ejemplares— se sostiene sobre un exmilitar de la Fuerza Aérea estadounidense al que llama «el Mayor», que se puso en contacto con él, le dejó un manuscrito con un viaje en el tiempo a la Jerusalén de Jesús… y se murió. Ese es el diseño completo: la fuente es un militar sin nombre y, además, está muerto. No hay a quién preguntar. Benítez sostuvo durante años que aquello no era una novela.
La covid (2021). Aquí no se anduvo con matices: «Fueron los Estados Unidos. Llevaban 12 años fabricando ese virus y en el momento oportuno lo sembraron para hundir a la economía de Europa.» Doce años, un laboratorio militar y una intención concreta. ¿De dónde sale? De ningún sitio que se pueda mirar. Ni un nombre, ni un papel, ni una institución. El dato aparece ya montado, como GOG.
El asteroide (2018). «Fuentes fiables». Punto.
Y la caja de seguridad del banco. Esta merece leerse despacio, porque no es un rumor: está escrita por él, en las primeras páginas de Caballo de Troya. Cuenta que ha tomado precauciones y que una de ellas —dice— es «la más importante, sin duda»:
«…depositar los originales del mencionado proyecto en una caja de seguridad de un banco, a nombre de mi editor, José Manuel Lara. En el supuesto de que yo fuera "eliminado", la citada documentación sería publicada ipso facto.»
Y no es la única. Más adelante explica que una segunda copia quedó guardada «en otra caja de seguridad, a nombre de un viejo y leal amigo, residente en una ciudad costera española», junto con los expedientes que le entregó el general Galarza en 1976.
Repárese en lo que hace ese párrafo. Los documentos que probarían la historia existen, están a buen recaudo, y se publicarán… si lo matan. Mientras no lo maten, nadie los ve. Es la construcción perfecta: la prueba está siempre en la habitación de al lado, y la llave la tiene alguien a quien no podemos preguntar.
Y no lo digo solo yo. La ficha de Wikipedia sobre él lo resume sin adornos: «se le ha criticado porque en sus investigaciones no revela a menudo cuál es su fuente, lo cual hace que muchos crean que dicha fuente en realidad no existe». Cuarenta años de obra y el mismo agujero siempre en el mismo sitio.
Puestas una detrás de otra, todas sus fuentes comparten la misma virtud: ninguna se puede llamar por teléfono. Un militar anónimo, un militar muerto y unos informantes sin nombre. Funciona estupendamente en una novela —y como novelista es bueno, que conste—. El problema empieza cuando se nos pide tratarlo como periodismo.
Y lo más llamativo: sabe hacerlo bien cuando quiere
Porque esto no va de que Benítez sea un manta. Va justo de lo contrario, y por eso irrita.
En 1976, el teniente general Felipe Galarza, jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire, le entregó en mano doce expedientes OVNI clasificados del Ejército español. Benítez los publicó enteros al año siguiente en Ovnis: documentos oficiales del gobierno español. Ahí había un nombre, un cargo, una institución, una fecha y unos papeles que cualquiera podía leer, discutir y rebatir.
Aquello fue probablemente lo mejor que ha hecho, y allanó el camino a la desclasificación española que llegaría quince años después. Es decir: sabe perfectamente distinguir una fuente de un personaje. Cuando la tiene, la enseña, con nombre y apellidos. Cuando no la enseña, uno tiene todo el derecho a preguntarse por qué.
Fuente: Ficha de J.J. Benítez — Wikipedia ↗: «En 1976 recibió de la mano del Teniente General Felipe Galarza, Jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire Español, doce expedientes OVNI clasificados».
Yo llevo unos cuantos años en esto, y la regla que aplico es sencilla: una fuente que no se puede comprobar no es una fuente, es un personaje. Y compárese con lo que viene ahora. Todo lo que voy a contar de la NASA lo puede verificar cualquiera desde el móvil, sin permiso de nadie y sin esperar a que se muera nadie.
Por cierto, un detalle que no es menor: los investigadores Antonio Ribera, Jesús Beorlegui y Antonio Luis Moyano documentaron que buena parte del material «histórico» de Caballo de Troya está tomado de otras obras sin citarlas, entre ellas El Libro de Urantia y las cartas de Ummo, aquel fraude que montó el español José Luis Jordán Peña y que ya desmonté aquí entero.
Fuentes: «Caballo de Troya» y la figura del Mayor — Wikipedia ↗ · Caballo de Troya. Jerusalén (Planeta, 1984), edición digital, donde están las dos citas de las cajas de seguridad · Ficha de J.J. Benítez: la crítica sobre sus fuentes y las acusaciones de plagio — Wikipedia ↗ · La covid «fabricada por Estados Unidos» — Escudo Digital, 27-10-2021 ↗
Un apunte de justicia, y una precisión
Lo justo primero: Benítez no lo vende como certeza absoluta y repite que ojalá se equivoque. Es un matiz que se pierde en los titulares y hay que dejarlo dicho. La precisión después, porque el otro dato suele citarse mal. Cuando sale el famoso 60 % no está diciendo que tenga un sesenta por ciento de probabilidades de acertar. Lo que dice, literalmente, es: «lo tengo confirmado al 60 %». No es una probabilidad, es un grado de confirmación… de una información que no ha enseñado nunca. Y quien firma un acta notarial no lo hace pensando en equivocarse.
Las cifras que no se están quietas
Antes de ir a la NASA hay un problema más doméstico. Y es que la profecía cambia según en qué entrevista la busque uno.
El tamaño del asteroide. En el libro, que es donde nació todo, Gog tiene forma de cacahuete —dos lóbulos de cinco o seis kilómetros unidos por una franja— y mide «entre 12 y 15 kilómetros de longitud». En la entrevista del Portal de Cádiz de noviembre de 2021 ya son veinticuatro. En reseñas posteriores, de veintiocho a treinta. La roca ha más que duplicado su tamaño sin salir de la órbita del autor.
Cuánto tardamos en morir. El libro es tajante: 1.200 millones de muertos en 48 horas, y en otro pasaje «en 48 o 72 horas». Pero en la entrevista de Escudo Digital, tres años después, se han convertido en 24 horas. La cifra aguanta; el plazo se parte por la mitad según quién pregunte.
Nada de esto es un detalle menor. Una predicción es útil precisamente porque es concreta: si el dato baila, no hay nada que verificar y nunca se podrá decir que falló. Es la vieja astucia de las profecías, y aquí está a plena luz.
Fuentes: este apartado es una comparación, así que van las dos partes: por un lado el libro —Gog, empieza la cuenta atrás (Planeta, 2018), edición digital: 12-15 km, 48 o 72 horas—; por otro, lo que dijo después en Escudo Digital, 27-10-2021 (24 horas) ↗ y en Portal de Cádiz, 16-11-2021 (24 km) ↗.
Lo que encontré al leer el libro entero
Ya que lo tenía delante, seguí leyendo. Y el problema de Gog no es solo que choque con la NASA: es que choca consigo mismo. Estas son las que más me llamaron la atención.
La escala que llega hasta diez, y Gog saca un quince
El libro mide la peligrosidad del asteroide con la escala de Torino, la que usan los astrónomos de verdad. Y lo explica bien: «La de Torino, como la de Richter, abarca del 1 al 10». Dos líneas después, sin despeinarse: «La colisión de Gog provocaría una destrucción próxima al 15».
Un quince en una escala que acaba en diez. Es como sacar un 15 en un examen sobre 10. Y de paso, la escala de Torino ni siquiera empieza en 1: empieza en 0.
Un asteroide que flotaría en el agua
Este es mi favorito. El libro le pone a Gog una masa concreta: 50.000 millones de toneladas. Y un tamaño concreto: de doce a quince kilómetros, con forma de cacahuete y lóbulos de cinco o seis.
Basta con dividir. Cogiendo la lectura más generosa de su forma —los dos lóbulos, no la longitud total—, esa masa en ese volumen da una densidad de unos 287 kilos por metro cúbico. El agua son 1.000. El corcho, unos 240.
Es decir: el asteroide que va a acabar con la civilización pesa menos de un tercio que el agua. Si cayera al Atlántico no se hundiría: flotaría. Un asteroide real pesa entre cinco y diez veces más que eso.
Y ahora el remate, que está unas páginas antes en el mismo libro. La protagonista se «proyecta» mentalmente hasta Gog, aterriza en él y descubre de qué está hecho: «era diamante. Toneladas y toneladas de un diamante amarillo, purísimo». Un asteroide de diamante macizo.
El diamante pesa 3.500 kilos por metro cúbico. Doce veces más que la densidad que sale de las cifras del propio libro. O sea que Gog, según sus páginas, es a la vez la sustancia más densa que uno puede imaginarse y una piedra pómez que flotaría en el mar. No hace falta la NASA para desmontar eso: se desmonta solo, con dos datos separados por veinte páginas.
Tres velocidades distintas para la misma piedra
En la página en que aparece, Gog viaja «a 80 o 100 kilómetros por segundo». Más adelante, «superior a los 80». Y en el cálculo de la potencia del impacto, exactamente 95. Tres cifras para el mismo objeto en el mismo libro, y ninguna posible: recuerde que a la altura de la Tierra la velocidad de escape del sistema solar son 42.
Una extinción que no existió
Para calibrar el desastre, el libro echa mano de impactos famosos. Y con uno se estrella: dice que el meteorito que cayó en Sudbury (Ontario) hace 1.800 millones de años provocó «la desaparición del 50 por ciento de las especies de la Tierra».
El cráter de Sudbury es real y es enorme, eso sí. Lo que no hay es extinción. Hace 1.800 millones de años la vida en la Tierra era prácticamente toda microbiana: no había plantas, ni animales, ni nada parecido a un ecosistema del que perder la mitad. Ninguna de las grandes extinciones que reconoce la paleontología tiene que ver con Sudbury. La cifra está puesta ahí porque suena, no porque exista.
Un asteroide de 150 metros que se lleva un continente
El libro afirma que «un asteroide de 35 metros podría destruir una ciudad como Calcuta y uno de 150 terminaría con un continente».
No. El objeto de Tunguska, en 1908, medía entre cincuenta y sesenta metros y arrasó dos mil kilómetros cuadrados de bosque siberiano deshabitado: mucho, pero ni de lejos una ciudad entera. Y para llevarse un continente hace falta la escala de Chicxulub, unos diez kilómetros: setenta veces lo que dice el libro. Es un error de varios órdenes de magnitud metido en una sola frase.
«Cambiaría el giro del mundo»
Es la primera frase de la lista y suena tremenda. Vamos a ponerle número.
El momento angular de la Tierra —lo que cuesta frenarla— es de unos 5,8 × 10³³ en unidades del sistema internacional. El que traería Gog, con la masa y la velocidad que le da el libro y suponiendo el peor caso posible —un impacto de refilón justo en el ecuador, el más eficaz para frenar el giro—, es de 3 × 10²⁵.
Dividiendo: el asteroide se llevaría por delante cinco milmillonésimas partes del giro terrestre. Traducido a algo que se entienda, el día pasaría a durar 0,4 milisegundos más. Menos de medio milisegundo. Un terremoto grande hace eso mismo y no nos enteramos.
«Cambiar el giro del mundo» y «cuatro décimas de milésima de segundo» no son la misma frase.
Un cráter más profundo que la corteza terrestre
El libro dice que el agujero mediría 122 kilómetros de profundidad por 325 de diámetro. Dos problemas.
El primero: bajo el Atlántico, la corteza oceánica tiene entre cinco y diez kilómetros de espesor, y la litosfera entera ronda los cien. Un cráter de 122 kilómetros de hondo no sería un cráter: sería un agujero que atraviesa la corteza y se mete en el manto, donde la roca fluye y se cerraría sola.
El segundo: los cráteres no tienen esa forma. La proporción real entre profundidad y anchura va de uno a diez o de uno a veinte. Chicxulub, con sus 180 kilómetros de diámetro, tiene unos veinte de fondo. El de Gog sería de uno a menos de tres: no un cráter, un pozo.
Veinte millones de asteroides amenazantes
El libro asegura que «el número de asteroides que orbitan en las proximidades de la Tierra supera los veinte millones», y remata: «las posibilidades de impacto son muy elevadas».
El catálogo del JPL, que es público y se actualiza a diario, tiene hoy 42.063 objetos cercanos registrados. De todos ellos, los que de verdad importan —los de más de un kilómetro, capaces de un desastre global— son 867, y se calcula que ya están localizados casi todos. Ninguno lleva rumbo de colisión.
Es cierto que si uno se pone a contar piedras de un metro sí se llega a los millones. Pero esas se desintegran en la atmósfera, caen varias al año y nadie se entera. Mezclar una cosa con otra para concluir que «las posibilidades de impacto son muy elevadas» no es informar: es asustar.
Las cuentas de la explosión tampoco salen
El libro calcula la potencia del choque y le sale «el estallido de 500 millones de bombas atómicas».
He hecho la cuenta con sus propios números —los 50.000 millones de toneladas y los 95 km/s que él mismo da—: la energía sale equivalente a unos 3.600 millones de bombas como la de Hiroshima. Siete veces más de lo que publica. Y eso usando la velocidad intermedia de las tres que maneja; con las otras dos sale otra cifra distinta.
El detalle importa poco por sí solo. Importa por lo que revela: los números del libro no salen ni entre ellos. No están calculados, están puestos.
Dos datos de manual, mal copiados
Y luego están los que se pueden comprobar en cualquier libro de texto.
El libro dice que el asteroide de Chicxulub acabó con «el 80 por ciento de las especies vivas». La cifra que maneja la paleontología es de alrededor del 75 por ciento. Poca cosa, sí, pero es que el dato está a un clic.
Y afirma, como si fuera un hecho establecido, que Venus gira al revés que el resto de planetas porque un gran meteorito lo golpeó hace 3.800 millones de años. La rotación retrógrada de Venus es un misterio real y sin resolver, y el impacto es una de las hipótesis, no la explicación aceptada; hoy pesan más los modelos que la atribuyen a las mareas de su atmósfera descomunal. Presentarlo cerrado es contar solo la mitad.
Y el detalle que no da risa
Entre los papeles que maneja la trama hay un supuesto plan del Pentágono llamado «8888», con búnkeres para un millón de personas. Y esta frase, entrecomillada como si fuera una cita literal del documento: «La selección de supervivientes debería llevarse a cabo según un estricto criterio, en el que primaría la raza blanca sobre el resto de las comunidades».
Acusar al Ejército de Estados Unidos de tener por escrito un plan de supervivencia con criterio racial es una acusación gravísima. En el libro no hay ni una referencia, ni un número de documento, ni una fuente. Aparece, se entrecomilla y se pasa de página. Y esto ya no es una pifia de cálculo: es poner en boca de una institución algo que nadie ha visto nunca.
Y una prueba que llega antes que el impacto
Hay una frase en el libro que permite comprobarlo todo sin esperar a 2027: «Entre ocho y diez meses antes de la colisión, Gog empezaría a ser visible a simple vista».
Echen la cuenta conmigo: ocho o diez meses antes del 29 de agosto de 2027 nos lleva a entre noviembre de 2026 y enero de 2027. Es decir, dentro de tres o cuatro meses de leer esto. Un objeto de quince kilómetros con cola visible, en el cielo, a ojo desnudo, para todo el planeta a la vez.
Si en enero de 2027 usted sale a la calle, mira al cielo y no ve nada, no hará falta esperar al 29 de agosto. Ya lo sabrá.
Fuente: Gog, empieza la cuenta atrás (J.J. Benítez, Planeta, 2018), edición digital. Todas las citas de este apartado están tomadas del texto del libro. Densidad y energía calculadas a partir de la masa, las dimensiones y la velocidad que da el propio libro. Escala de Torino: definición oficial del CNEOS (NASA) ↗, de 0 a 10. Recuentos de objetos cercanos hechos el 3 de agosto de 2026 —42.063 catalogados, 867 con magnitud absoluta menor de 17,75, que es el criterio del CNEOS para «mayores de un kilómetro», y 2.530 clasificados como potencialmente peligrosos— sobre la base de datos de cuerpos menores del JPL ↗.
Segunda parte: el asteroide sí existe
Y este es el punto que convierte el caso en algo interesante en vez de en un simple disparate. Hay un asteroide real que se acerca a la Tierra en agosto de 2027. Se llama 137108 (1999 AN10), y cualquiera puede consultar su ficha ahora mismo, gratis, en la base de datos del Jet Propulsion Laboratory de la NASA.
Y hay que ser honesto con una cosa: Benítez no lo nombra nunca. En su libro, Gog viene de la nube de Oort y no figura en ningún catálogo. Pero resulta que en agosto de 2027 hay exactamente una roca conocida que se acerca a la Tierra, y es esta. Es la única contra la que se puede contrastar la profecía, así que es la que vamos a usar.
Lo descubrió el programa LINEAR el 13 de enero de 1999 desde Socorro, Nuevo México. Y aquí viene el primer detalle bonito: una vez identificado, astrónomos aficionados se pusieron a rebuscar en placas fotográficas antiguas y lo encontraron ya retratado el 26 de enero de 1955, cuarenta y cuatro años antes de que nadie supiera que existía. Con esa observación en la mano, su órbita quedó calculada sobre un arco de casi setenta años y 410 observaciones.
Traducido: sabemos dónde va a estar esa piedra con una precisión que se mide en kilómetros.
Fuente: Ficha del objeto en el SBDB del JPL ↗ · Buscador público del JPL ↗ · Historial de observaciones (Wikipedia) ↗
Lo que dice el catálogo de la NASA
Estos son los datos oficiales de 1999 AN10, consultados en la API pública del JPL. Al lado, lo que dice Benítez.
| Según Benítez | Según la NASA | |
|---|---|---|
| Fecha | 29 de agosto de 2027 | 7 de agosto de 2027, 07:11 UTC |
| Qué ocurre | Impacto en el Atlántico | Pasa de largo |
| Distancia | Cero | 389.855 km (0,00261 UA) |
| Tamaño | De 12 a 30 km, según dónde se lea | En torno a 1 km |
| Velocidad | De 80 a 100 km/s | 26,28 km/s |
| Riesgo de impacto | Total | No figura en la lista de riesgo |
Fuente: Aproximaciones a la Tierra (JPL) ↗ · Ficha física y orbital (JPL) ↗ · Sentry, riesgo de impacto ↗
Me detengo en las tres que más duelen.
Pasa por detrás de la Luna. La distancia mínima calculada es de 389.855 kilómetros. Y no vale con compararlo contra la distancia media: pedí que se consultaran las efemérides del JPL para saber dónde estará exactamente la Luna esa mañana, y a las 07:11 UTC estará a 377.079 kilómetros. Es decir, el asteroide pasará 12.776 kilómetros por detrás de la Luna aquel día concreto. Para que impactara habría que haberse equivocado en la órbita por cerca de cuatrocientos mil kilómetros; el margen real de la predicción se mide en kilómetros sueltos.
Es hasta treinta veces más pequeño. Su magnitud absoluta catalogada es 18,05, lo que sitúa el diámetro en torno al kilómetro. Benítez habla de doce a treinta. En volumen, la roca de la profecía es entre mil setecientas y veintisiete mil veces mayor que la real. No es un redondeo.
Va casi cuatro veces más despacio. El JPL da una velocidad relativa de 26,28 km/s. La cifra del libro, «80 o 100 kilómetros por segundo», no la alcanza ningún asteroide: a la altura de la Tierra, la velocidad de escape del sistema solar son 42 km/s. Un cuerpo que fuera a cien no estaría orbitando el Sol, estaría marchándose de él para no volver.
Fuente: Aproximaciones a la Tierra (JPL) ↗ · Posición de la Luna ese día: efemérides Horizons (JPL) ↗
El detalle que lo delata del todo
En el libro, Gog se detecta a 150 unidades astronómicas. Para que se hagan una idea: Plutón está a 39. Ningún telescopio existente, ni el James Webb, ve una roca así a esa distancia; a esas alturas no distinguimos ni planetas enteros. No es que sea exagerado: es imposible.
Y hay algo peor, que solo se descubre abriendo el libro. Ahí esa cifra se traduce así: «poco más de 150 unidades astronómicas: algo más de 2000 millones de kilómetros». La cuenta no sale: 150 unidades astronómicas son 22.500 millones de kilómetros, no 2.000. Un error de más de diez veces.
Y no vale decir que se le fue una unidad. El propio libro define la medida —«una unidad astronómica = 150 millones de kilómetros»— y unas líneas antes hace esa misma conversión bien, con otro asteroide: «1600 unidades astronómicas de la Tierra (algo más de 240 000 millones de kilómetros)». Ahí la multiplicación sale clavada. Sabe hacerla. Solo falla en el dato del que depende toda la novela.
Y sí, la NASA lo llama «potencialmente peligroso»
Hay que adelantarse a esto, porque es el tipo de dato que se usa torcido. 1999 AN10 está catalogado como PHA, potentially hazardous asteroid. Suena fatal. No significa lo que parece.
PHA es una etiqueta puramente técnica que se pone a cualquier objeto que cumpla dos condiciones: que su órbita pase a menos de 0,05 unidades astronómicas de la de la Tierra y que sea mayor de unos 140 metros. Nada más. No es una predicción, no es una alarma y no implica riesgo alguno: en el momento de escribir esto hay 2.530 objetos en esa lista. Es el equivalente astronómico de vivir cerca de una carretera.
Lo que sí importa es la otra lista, la de verdad: Sentry, el sistema del JPL que recoge los objetos con alguna probabilidad de impacto calculable. Se consultó su base de datos para 1999 AN10 y la respuesta es literalmente esta: «specified object not found». No está. No aparece porque no hay ninguna probabilidad que apuntar.
Fuente: Definición de PHA y grupos de objetos (CNEOS/NASA) ↗ · Sistema Sentry ↗ · Consulta a la API de Sentry ↗
Dónde iba a caer
Merece la pena detenerse en la elección del sitio, porque no es casual. De todos los puntos del océano donde podía caer una piedra, la profecía escoge el que da nombre al Triángulo de las Bermudas. Siendo estrictos, las coordenadas que da el libro caen al nordeste de las islas, ya fuera del triángulo clásico, que se abre hacia el suroeste, hacia Miami y Puerto Rico. Pero el nombre queda pegado igual, que es de lo que se trata.
Y de ahí sale también el detalle de los volcanes: el impacto desplazaría el magma bajo las Bermudas y reventaría al otro lado del planeta. Es una imagen espléndida. También es una imagen que ningún modelo geofísico sostiene, porque el manto terrestre no funciona como una cama de agua.
Cualquiera podrá verlo pasar de largo
Esta es la parte que hace el caso irrefutable, y la razón por la que este bulo tiene fecha de caducidad marcada en el calendario.
Durante el encuentro de 2027, 1999 AN10 alcanzará una magnitud aparente en torno a 7. Traducido: no se verá a simple vista, pero sí con unos prismáticos decentes. Cualquier aficionado con un telescopio modesto podrá seguirlo esa noche. Miles de personas, en decenas de países, apuntando al mismo punto del cielo y viendo exactamente lo mismo: una piedra que se acerca, pasa y se va.
No hay manera de tapar eso. No existe conspiración capaz de sobornar a todas las asociaciones de astronomía aficionada del planeta a la vez. Y si alguien quiere comprobarlo por su cuenta antes de esa fecha, aquí están las puertas abiertas:
- JPL Small-Body Database (NASA) — la ficha orbital completa de 1999 AN10, pública y consultable hoy mismo.
- NEOCC (ESA, Frascati) — el listado europeo de objetos potencialmente peligrosos.
- Observatorio de Calar Alto (Almería) — participa en campañas de seguimiento de objetos cercanos.
- Observatorio del Teide (Tenerife, IAC) — la estación óptica de la ESA hace seguimiento desde aquí.
- La agrupación astronómica de tu ciudad — con un telescopio de veinte centímetros lo tienes.
Fuente: JPL Small-Body Database ↗ · NEOCC (ESA) ↗ · Calar Alto ↗ · Observatorio del Teide (IAC) ↗
Y si de verdad viniera uno, ya sabemos qué hacer
Hay una respuesta que la profecía no contempla, y es la más importante de todas: ya no estamos indefensos.
En septiembre de 2022 la NASA estrelló a propósito la sonda DART contra Dimorphos, una luna asteroidal de unos 160 metros. No fue un experimento simbólico: el choque acortó su órbita en 32 minutos, cuando se daba por buen resultado rebajarla 73 segundos. Por primera vez en la historia, la humanidad movió un cuerpo del sistema solar de sitio a propósito.
Existe además un Planetary Defense Coordination Office en la NASA y un Near-Earth Object Coordination Centre de la ESA en Frascati dedicados exclusivamente a esto, con listados públicos y actualizados. Si algo así viniera de verdad se sabría con años de antelación, habría un plan y estaría movilizado medio planeta. No haría falta un notario en Sevilla para enterarse.
Fuente: Misión DART (NASA) ↗ · Oficina de Defensa Planetaria (NASA) ↗ · NEOCC (ESA) ↗
El club de los que ya anunciaron el fin
Nada de esto es nuevo. La historia de los apocalipsis con fecha es larga, y siempre acaba igual: pasa el día, no pasa nada, y al día siguiente hay que dar la cara.
Paco Rabanne y la estación Mir sobre París (1999)
El caso hermano, y además español. El diseñador Paco Rabanne —nacido en Pasaia, Guipúzcoa— publicó 1999, le feu du ciel anunciando que la estación espacial rusa Mir se desplomaría sobre París el 11 de agosto de 1999, el día del eclipse total, a las 11:22. No se quedó en lo genérico: dio el punto de impacto —el castillo de Vincennes— y hasta la lista de ciudades del suroeste francés que quedarían arrasadas: Auch, Condom, Mirande, Marmande.
Fue mucho más lejos que Benítez en una cosa. Prometió que, si no ocurría, no volvería a hablar de profecías jamás, en ningún sitio.
Aquel día, en París, hubo cuenta atrás festiva. La gente se juntó a ver el eclipse, que salió puntual y exactamente como lo habían calculado los astrónomos. La Mir siguió en órbita año y medio más y fue desorbitada en marzo de 2001, de forma controlada, sobre el Pacífico sur, donde la Agencia Espacial Rusa decidió. El ridículo fue considerable y le acompañó el resto de su vida.
Fuente: Archivo del INA (Francia) ↗ · Archivo de Europe 1 ↗ · Digital Trends ↗
Harold Camping y el fin del mundo por megafonía (2011)
El predicador estadounidense anunció el Juicio Final para el 21 de mayo de 2011, con terremoto planetario incluido y la Tierra consumida por una bola de fuego el 21 de octubre. Family Radio gastó millones en vallas publicitarias por medio mundo. Hubo seguidores que vendieron su casa. No ocurrió nada; Camping recalculó, falló otra vez y acabó retirándose y reconociendo que buscar la fecha había sido un error.
Fuente: NBC News ↗
Nibiru, el planeta que nunca llega (2003, 2012, 2017…)
El planeta X lleva anunciándose desde los años noventa y no aparece nunca. La última fecha sonada la puso David Meade: el 23 de septiembre de 2017. Como con GOG, el argumento era que la NASA lo sabía y lo ocultaba. Como con GOG, el problema es que un cuerpo de ese tamaño acercándose lo verían decenas de miles de aficionados años antes que cualquier agencia.
Fuente: «Nibiru cataclysm» — Wikipedia (inglés) ↗
Y el que salió mal de verdad (1997)
Esta lista hay que cerrarla sin sonreír. En marzo de 1997, treinta y nueve miembros de Heaven's Gate se quitaron la vida convencidos de que una nave viajaba oculta tras el cometa Hale-Bopp y de que allí les esperaba el siguiente escalón de la existencia. El cometa era real y espectacular; la nave, no.
Fuente: Heaven's Gate — Wikipedia (inglés) ↗
Por eso desmonto estas cosas con datos en la mano y no con una carcajada. Casi siempre el desenlace es un notario con un papel inútil. Alguna vez no.
Vuelta al notario de Sevilla
Y aquí está el mejor final posible, y no lo he escrito yo: lo escribió él.
En 2011, Benítez fue a un notario de Sevilla para que levantara acta de la predicción. La intención era evidente: dejar constancia fechada de que lo había anunciado antes que nadie, para poder señalarlo el día que se cumpliera.
El problema del acta notarial es que funciona igual de bien en las dos direcciones. Ese documento no acredita que vaya a caer un asteroide; acredita, con fe pública, quién dijo qué y en qué fecha exacta. Es una prueba, firmada y sellada, de la autoría de una afirmación concreta y verificable.
El 7 de agosto de 2027, 1999 AN10 pasará a 389.855 kilómetros de aquí y seguirá su camino. El 29 de agosto de 2027 no ocurrirá absolutamente nada. Y quedará, archivada en una notaría de Sevilla, la constancia documental de una predicción que falló.
Pocas veces un profeta ha dejado tan bien ordenado el expediente de su propio error.
Dicho lo cual, seamos deportivos. Si el 29 de agosto de 2027 cae el meteorito y morimos todos, no tendré el menor problema en darle la razón a Benítez.
Se la daré desde el otro lado.
🗓️ Nos vemos el 7 de agosto de 2027. Esa noche, con unos prismáticos, se podrá ver pasar de largo al asteroide que iba a acabar con la civilización. Lo contaré aquí. Y si el equivocado soy yo, también lo contaré.
Fuentes
La fuente principal: sus propios libros
- J.J. Benítez, Gog, empieza la cuenta atrás (Planeta, 2018), edición digital. Es el origen de todo esto, y de él sale la profecía tal y como se cuenta aquí: la fecha, las coordenadas del impacto, el tamaño, la masa, las velocidades, la secuencia completa de consecuencias, los volcanes, la escala de Torino, el plan «8888» y la frase sobre la visibilidad a simple vista. Cuando el artículo dice «el libro», es este.
- J.J. Benítez, Caballo de Troya. Jerusalén (Planeta, 1984), edición digital. De aquí salen las dos citas sobre las cajas de seguridad del banco.
Datos científicos
- Ficha orbital y aproximaciones de 137108 (1999 AN10), API de datos de aproximación del JPL Small-Body Database (NASA) ↗ — consultada el 3 de agosto de 2026: 7 de agosto de 2027, 07:11 UTC, 0,0026060 UA, 26,28 km/s.
- Descubrimiento, magnitud absoluta (H = 18,05), clasificación PHA, 410 observaciones y arco 1955-2022: SBDB, ficha del objeto ↗.
- Ausencia del objeto en la tabla de riesgo de impacto: Sentry, sistema de vigilancia de impactos del JPL ↗ («specified object not found»).
- 137108 (1999 AN10) — Wikipedia (inglés) ↗, con el historial de la observación de 1955 y las campañas de seguimiento.
- Posición de la Luna el 7 de agosto de 2027 a las 07:11 UTC (377.079 km): efemérides Horizons del JPL ↗, consultadas el 3 de agosto de 2026.
- Qué significa exactamente «potencialmente peligroso»: grupos de objetos cercanos, CNEOS/NASA ↗.
- Misión DART y el impacto contra Dimorphos (NASA) ↗ y Oficina de Defensa Planetaria ↗.
- Catálogo europeo de objetos cercanos: NEOCC, ESA (Frascati) ↗.
Lo que dijo después en entrevistas, donde las cifras ya no coinciden con las de su libro
- «La pandemia del Covid es un juego de niños con lo que vendrá en el 2027» — Escudo Digital ↗, 27 de octubre de 2021 (1.200 millones de muertos en 24 horas; el acta notarial).
- «JJ Benítez vaticina que en 2027 un asteroide chocará contra la Tierra» — Portal de Cádiz ↗, 16 de noviembre de 2021 (24 km, 48 horas, los noventa volcanes, el 60 %).
Reseñas del libro, citadas solo para dejar constancia: las cifras de este artículo están tomadas del libro directamente, no de ellas
- «J.J. Benítez y su vaticinio sobre el catastrófico asteroide GOG para 2027» — Código Oculto ↗, 2 de julio de 2024 (reseña de quien leyó el libro: 15 km, 29 de agosto, 100 km/s, 150 UA).
- «Gog: la ficción de J.J. Benítez» — Prensa Mercosur ↗.
Otras profecías fallidas
- Paco Rabanne y la caída de la Mir sobre París — archivo del INA (Francia) ↗.
- «El día que predijo la caída de la Estación espacial Mir en París» — Digital Trends ↗.
- Rabanne repitiendo su profecía en 1999 — archivo de Europe 1 ↗.
- Harold Camping y las fechas de 2011 — NBC News ↗.
- El cataclismo de Nibiru y las fechas de David Meade — Wikipedia (inglés) ↗.
- Heaven's Gate y el cometa Hale-Bopp — Wikipedia (inglés) ↗.
David Santiso · Clave 45 · Agosto de 2026. Datos orbitales consultados directamente en las APIs públicas del JPL (NASA) el 3 de agosto de 2026. Verificación de fuentes y documentación gráfica de la redacción de Clave 45, con la ayuda de la IA Claude Opus 5.