Si usted ha oído alguna vez que los Anunnaki eran extraterrestres que vinieron a la Tierra a extraer oro y que de paso nos fabricaron en un laboratorio para que se lo sacáramos nosotros, está citando a un señor concreto. Se llamaba Zecharia Sitchin, nació en Bakú en 1920, murió en Manhattan en 2010, y no era sumeriólogo: era licenciado en historia económica.
Todo lo demás —Nibiru, la órbita de 3.600 años, el planeta que vuelve, la mina de Sudáfrica, el Adán esclavo— sale de sus dieciséis libros. De ningún otro sitio. No hay tablilla que lo diga.
Y sin embargo el relato ha ganado. Está en Ancient Aliens, está en media conspiranoia hispana, está en los comentarios de cualquier vídeo sobre Mesopotamia. La gente que lo repite, en su mayoría, no ha leído a Sitchin ni sabe que existió. Eso es, exactamente, la definición de un mito que ha triunfado: cuando ya no necesita a su autor.
🏺 El expediente. El sistema de Sitchin se sostiene sobre cuatro pilares: una lingüística de su invención, un sello sumerio, una órbita y una momia. Aquí están los cuatro, contados primero en serio —porque hay que entenderlos antes de tocarlos— y desmontados después uno a uno.
No hará falta que me crea a mí. Todo lo que viene lo firman asiriólogos, historiadores y astrónomos con nombre y apellidos, y va con el enlace al lado.
Quién era, según su propio currículum
Sitchin nace el 11 de julio de 1920 en Bakú, entonces en la órbita soviética en formación, hijo de Isaac y Genia Sitchin. La familia emigra al Mandato Británico de Palestina siendo él muy niño, y se cría en un ambiente de varias lenguas: hebreo moderno, hebreo bíblico, árabe, ruso.
Eso es cierto y es importante, porque explica de dónde sale la confianza. Sitchin no se inventó su biografía de cero. Lo que se inventó fue el escalón siguiente: el salto silencioso entre «he estado expuesto a lenguas semíticas» y «soy uno de los pocos eruditos del mundo capaces de leer sumerio y acadio», que es la frase que llevan las solapas de todos sus libros.
En 1941 se licencia por la Universidad de Londres. En historia económica. Un B.Com. Y ese es, literalmente, todo su expediente académico.
Lo que Sitchin nunca estudió
Asiriología. Sumerología. Lenguas semíticas antiguas. Arqueología del Próximo Oriente. Lingüística histórica. Epigrafía cuneiforme. Ni un curso, ni un seminario, ni un título. Toda la autoridad que invocará durante treinta y cinco años la construye él, en primera persona, declarándose autodidacta.
El resto de su vida laboral es la de un gestor. Entre 1940 y 1944 sirve en el ejército británico en Jerusalén. En 1941 se casa con Frieda Regenbaum, con la que estará hasta la muerte de ella en 2007. Es funcionario del Ayuntamiento de Tel Aviv, vuelve a uniformarse en la guerra de 1948, dirige el departamento económico de la Cámara de Comercio de Tel Aviv-Jaffa y ejerce de periodista.
En 1952 se muda a Nueva York. Dirige la cámara de comercio americano-israelí, preside el pabellón de Israel en la Feria Mundial de Nueva York de 1964-65 y a partir de 1967 trabaja en una empresa de servicios para el comercio exterior con sedes en Nueva York y Londres.
Y en ese despacho, según él, dedica casi tres décadas de ratos libres a enseñarse a sí mismo a leer cuneiforme.
La cronología, hay que decirlo, cuadra. Cuando publica El 12º Planeta en 1976 tiene cincuenta y seis años. Tiempo tuvo. La pregunta es qué hizo con él.
Un apunte, porque siempre sale
Circula por foros anglosajones y por unos cuantos blogs en español la idea de que Sitchin habría trabajado para la inteligencia israelí. El razonamiento es de andar por casa: cámara binacional de comercio, pabellón nacional en una feria mundial, empresa de servicios con doble sede, dos ejércitos, residencia larga en Estados Unidos.
Seamos honestos con la evidencia: no existe ni un documento desclasificado, ni un archivo judicial, ni un testimonio de primera mano que vincule a Sitchin con el Mossad ni con ningún servicio. La sospecha se construye por analogía con casos reales y documentados —Pollard, Rafi Eitan— que no le tocan.
Y hay un detalle que juega a su favor y que casi nadie menciona: alguien que vive de venderse como el hombre que descifró el secreto del Génesis habría tenido todos los incentivos comerciales del mundo para insinuar un pasado de espía. Nunca lo hizo. Es indicio débil, pero es indicio.
El sistema, contado en serio
Antes de desmontar nada hay que ponerlo entero encima de la mesa, y contarlo como él lo contaba. Esto es Sitchin, resumido de sus siete volúmenes:
Hace cuatro mil millones de años, un planeta gigante expulsado de otro sistema fue capturado por el Sol y quedó en una órbita elíptica y retrógrada de 3.600 años. Los sumerios lo llamaron Nibiru, «el cruce». En su primera pasada chocó con un viejo planeta llamado Tiamat y lo partió: una mitad se reconstituyó como la Tierra y la otra quedó hecha el cinturón de asteroides. Hace 450.000 años, una expedición de Nibiru se asentó en Mesopotamia y montó una mina de oro en Sudáfrica, porque necesitaban ese oro para reparar la atmósfera moribunda de su planeta. Eran los Anunnaki. Los obreros se amotinaron, y el dios Enki resolvió el problema cruzando genéticamente a un homínido terrestre con material genético propio: así nació el Homo sapiens, como esclavo minero. La rivalidad entre Enki, compasivo, y su hermano Enlil, severo, marca toda la prehistoria: Enki avisa del Diluvio al Noé sumerio, los híbridos se multiplican, y los dioses acaban marchándose. Nibiru volverá.
Hay que reconocerle una cosa: es un relato buenísimo. Tiene creación, esclavitud, rebelión, un dios bueno y uno malo, un diluvio y una promesa de regreso. Es el Génesis con motivación económica y con ingeniería genética. Y está escrito con oficio: El 12º Planeta fluye, abre preguntas y las cierra, y va ilustrado.
Por eso funciona. Y por eso desmontarlo cuesta trabajo: porque está bien hecho como objeto literario. Vamos con los ladrillos.
Guía breve de sus dieciséis libros
Antes de entrar a picar piedra conviene saber qué hay exactamente en la estantería, porque el corpus de Sitchin no es un libro: son dieciséis, y cada uno añade una capa al mismo edificio. La serie principal se llama Crónicas de la Tierra y son siete volúmenes publicados entre 1976 y 2007. Alrededor de ellos hay una segunda fila de libros que comentan, amplían o novelan el mismo material.
La serie principal: las Crónicas de la Tierra
| Año | Título | Qué sostiene |
|---|---|---|
| 1976 | El 12º Planeta The 12th Planet | El libro fundacional y el único que hay que leer para entenderlo todo. Nibiru, los Anunnaki, la órbita de 3.600 años y la creación del Homo sapiens como esclavo minero. Aquí están el sello VA 243 y las traducciones inventadas de DIN.GIR y MU. |
| 1980 | La escalera al cielo The Stairway to Heaven | Las pirámides de Egipto como balizas y un supuesto puerto espacial en el Sinaí. La búsqueda de la inmortalidad de los reyes, reinterpretada como intento de subirse a una nave. |
| 1985 | Las guerras de los dioses y los hombres The Wars of Gods and Men | La guerra civil entre Enki y Enlil. Y la pieza que más se cita en los foros: que la destrucción de Sodoma y Gomorra fue un ataque nuclear. |
| 1990 | Los reinos perdidos The Lost Realms | Traslada la operación a América: aztecas, mayas e incas como segundo escenario Anunnaki. Es el volumen más flojo y el que peor ha envejecido. |
| 1993 | Al principio de los tiempos When Time Began | Calendarios, zodiacos y megalitos —Stonehenge incluido— leídos como una bitácora astronómica dejada por los visitantes. |
| 1998 | El código cósmico The Cosmic Code | Un supuesto código matemático y genético escondido en la Biblia. Es donde el sistema se acerca más al esoterismo numerológico puro. |
| 2007 | El fin de los días The End of Days | El cierre apocalíptico: profecías, el regreso de los «dioses» y las cuentas de las que sale la fecha del año 2900. Aquí es donde se distancia del ruido del 2012. |
Portadas reproducidas a efectos de cita.
La segunda fila
Alrededor de la serie hay otros nueve títulos. Dos merecen párrafo aparte, porque son los que mejor explican en qué acabó convirtiéndose el proyecto.
El libro perdido de Enki (2002). Es, para mí, la pieza clave de todo el expediente. Es un libro escrito en primera persona por el dios Enki, contando sus memorias: la llegada a la Tierra, la mina, la fabricación del ser humano, el Diluvio.
Sitchin lo presenta como la reconstrucción de unas tablillas perdidas. Lo que es, sin ninguna duda posible, es una novela. Y es reveladora: cuando por fin se quita la careta de filólogo y escribe ficción declarada, escribe bien. El problema nunca fue que no supiera contar historias.
Crónicas de los Anunnaki (2015, póstumo). Lo edita su sobrina Janet Sitchin —no su hija— reuniendo cartas, conferencias y artículos inéditos. Es la prueba de que el sistema sobrevive a su autor: los derechos siguen dando dinero, las reediciones siguen saliendo y la web oficial sigue en pie.
Los demás: Genesis Revisited (1990), Encuentros divinos (1995), Expediciones de las Crónicas de la Tierra (2004, sus viajes), Viajes al pasado mítico (2007), un Manual de las Crónicas de la Tierra (2009) que es un índice enciclopédico de su propio universo, y Hubo gigantes sobre la Tierra (2010), el último que publicó en vida y donde lanza el desafío del ADN de Puabi.
El rey que se negó a morir (2013, póstumo). Una reescritura novelada de la Epopeya de Gilgamesh. Otra vez ficción declarada, y otra vez publicada después de muerto.
Si ordena las dieciséis fichas por fecha sale un arco muy limpio: empieza vendiendo filología, termina —cuando ya no hay nada que demostrar— escribiendo abiertamente las novelas que llevaba treinta años escribiendo sin decirlo.
Ladrillo 1: «sabía leer sumerio»
Todo su edificio descansa sobre una frase que aparece en las solapas de todas sus ediciones, incluida la española: que es «uno de los escasos eruditos que leen y entienden el sumerio». Si esa premisa cae, cae el resto.
Y lo primero que hay que entender es que Sitchin no trabaja con tablillas inéditas. Lee traducciones ya publicadas —Speiser, Kramer, Oppenheim, Lambert— y las reinterpreta. El gran diccionario de asiriología del siglo XX, el Chicago Assyrian Dictionary, lleva décadas siendo público.
Y hay algo mejor, que es el detalle que a mí me parece definitivo: los propios sumerios dejaron escritos diccionarios bilingües sumerio-acadio. Listas de vocabulario que usaban los escribas en clase para aprender. Las tenemos. Están descifradas desde principios del siglo XX.
O sea que cuando un asiriólogo y Sitchin discrepan sobre qué significa una palabra sumeria, la discusión no enfrenta «una interpretación con otra», sino que enfrenta Sitchin contra los escribas sumerios que pusieron por escrito qué significaban sus propias palabras.
DIN.GIR, o cómo fabricar un cohete
El sumerio DINGIR es un determinativo: un signo que se coloca delante de un nombre para avisar de que el referido es un dios. Los diccionarios sumerio-acadios lo traducen por ilu, «dios». Es una equivalencia tan sólida que se enseña la primera semana de cualquier curso.
Sitchin, en el capítulo 5 de El 12º Planeta, lo parte en dos signos: DIN sería «justo, puro, brillante» y GIR, «un cohete de dos fases con aletas». Y monta la traducción que ha llegado hasta hoy:
«Los puros de los cohetes ardientes.»
Después junta los dos pictogramas, dice que encajan como un cohete con su módulo de aterrizaje y lo compara con el Apolo 11. Es vistoso. También da por sentadas dos cosas que ningún sumeriólogo concede: que GIR signifique «cohete» y que DIN.GIR sea una suma de significados.
Y hay un problema técnico que sus seguidores no suelen captar: DINGIR es un determinativo, no un sustantivo. Es un marcador que el lector culto ni siquiera pronuncia. Hacer cosmología con un determinativo es como hacer mecánica cuántica con un punto y coma.
La cadena que lleva del sumerio al cohete
El segundo ladrillo es el sumerio MU, que Sitchin define como «aquello que se eleva recto» y va deslizando a lo largo de dos capítulos hacia «cámara celeste», luego «vehículo» y por fin «cohete de varias etapas». De ahí construye una cadena de tres saltos: del sumerio MU al supuesto SHU.MU, del SHU.MU al acadio shamu, y del shamu al hebreo bíblico shem.
La cadena suena elegante en español y es imposible en sumerio. Tres problemas, de menor a mayor:
- El sumerio no tiene pronombres relativos. No existe ningún SHU- que signifique «aquello que es». El eslabón central de la cadena no existe.
- El acadio shumu, que sí existe, significa «nombre, renombre».
- El hebreo shem hereda ese sentido por línea directa. Y se ve en un pasaje que cualquiera puede abrir: en Génesis 11, los hombres construyen la Torre de Babel —lo dice el propio texto— «para hacernos un nombre».
Cuando Sitchin lee la Torre de Babel como un intento de construir un cohete, está leyendo «cohete» donde pone «reputación».
La palabra que da nombre a todo
La traducción que el lector medio se sabe de memoria —Anunnaki = «los que del cielo bajaron a la Tierra»— es falsa. Y no es una discusión abierta en asiriología: es que la introduce Sitchin en 1976 y todas las repeticiones posteriores dependen de su libro.
Dos problemas. El primero: Anunnaki no es una palabra sumeria, es acadia, derivada del sumerio (D)A.NUN.NA, que significa «de simiente principesca», es decir, de linaje real. El segundo: Sitchin descompone una palabra acadia asignándole valores semánticos sumerios —«Anu» cielo, «na» de donde vino, «ki» tierra— y los suma. Eso no es etimología, sino un juego de palabras.
Y nunca aporta la cita de ninguna tablilla que sostenga su lectura. Ni una.
El patrón, que es siempre el mismo
Coger una palabra, partirla, asignar a cada trozo el significado que conviene, sumar y traducir el resultado para que encaje en una historia decidida de antemano. Bel Nimiki, epíteto de Ea, lo traduce «Señor de la Minería»; la asiriología lleva un siglo traduciendo «Señor de la Sabiduría». Nephilim, en Génesis 6:4, lo convierte en «gente de los cohetes ígneos»; la raíz hebrea NPL significa «caer», sí, pero en sentido moral o militar, no en paracaídas.
Y luego está el problema de las tablillas que no aparecen. Una parte de las que Sitchin cita en sus notas no figuran en ningún catálogo: ni en el ETCSL de Oxford, ni en el Museo Británico, ni en el Louvre, ni en el Vorderasiatisches de Berlín, ni en la Universidad de Pensilvania. O están mal referenciadas, o son un collage de otras, o no existen.
Ladrillo 2: el sello que se ve
Si hay una sola pieza que sostiene visualmente todo el sistema, es un sello cilíndrico acadio de la segunda mitad del tercer milenio antes de Cristo, catalogado como VA 243 en el Vorderasiatisches Museum de Berlín. Sitchin lo reproduce para abrir su capítulo 6.
Y sí: es la placa que sostiene en la foto del principio de este artículo. La llevaba a las conferencias.
Lo que él ve: un cuerpo central rodeado de once globos. Identifica el central con el Sol y los once restantes con once planetas. Suma: doce. El sistema solar tal y como, según él, lo conocían los sumerios. Sin ese sello no hay doceavo planeta.
Lo que el sello es de verdad: la firma de un funcionario. La inscripción, que ocupa dos recuadros laterales, la tradujeron William Hayes Ward y después Anton Moortgat en 1940, y no menciona ni planetas ni astronomía. Dice algo así como «DUB.SIGA, tu siervo Ili-illat». Es un sello personal, el equivalente antiguo de un sello de caucho con el nombre.
El asiriólogo Michael S. Heiser dedicó una monografía entera a la pieza y demostró cuatro cosas: que la inscripción no tiene nada de astronómica; que los «globos» son estrellas, siguiendo la convención habitual del periodo acadio; que el símbolo central no es el Sol —el emblema solar mesopotámico es el disco de cuatro brazos del dios Shamash, y no es ese—; y que los tamaños relativos de los globos no se corresponden con los de los planetas.
La ironía es casi literaria: el dibujo que Sitchin reproduce procede del trabajo del propio Ward, del siglo XIX, donde Ward ya había publicado su lectura, que nada tiene que ver con planetas. Sitchin coge la imagen y descarta la interpretación del hombre que la documentó.
¿Por qué importa tanto un sello? Porque es la única pieza visualmente persuasiva del libro. Nadie que no sepa sumerio puede contrastar la traducción de DINGIR. Pero cualquiera puede mirar una foto y contar once bolitas. Esa aparente evidencia visual hace de palanca para que el lector se trague todo el aparato lingüístico que viene después.
Ladrillo 3: Nibiru no cabe en el sistema solar
Aceptemos por un momento que los sumerios sí hablaran de un duodécimo cuerpo. ¿Encaja con la astronomía? No. Y no por capricho académico: por mecánica orbital.
Sitchin propone un planeta de masa parecida o mayor que Júpiter, en órbita elíptica extrema, retrógrada —en sentido contrario a todos los demás— y con un periodo de 3.600 años que lo trae al sistema solar interior cada pasada.
Hagamos el número, que es sencillo. Una órbita de 3.600 años con el perihelio aquí dentro exige un afelio de unas 470 unidades astronómicas. Ahí aparece el problema: Mike Brown, el descubridor de Sedna y coautor del trabajo sobre el Planeta Nueve en Caltech, lo resume así: un cuerpo de ese tamaño en esa órbita sería expulsado del sistema solar en cosa de un millón de años por la interacción gravitatoria con Júpiter. El sistema solar tiene cuatro mil quinientos millones. Las cuentas no salen ni de lejos.
Hay además un problema observacional. Un cuerpo de varias masas terrestres acercándose al perihelio llevaría décadas siendo visible para los telescopios infrarrojos y para los rastreos de objetos transneptunianos. No se ha visto. Y no es que no se busque: se busca intensamente.
Qué significa «Nibiru» en realidad
Nibiru es palabra acadia y significa «cruce» o «lugar de paso». Los astrónomos asirios y babilonios la usaban para designar al planeta Júpiter en buena parte de los textos conservados y, en la Tablilla V del Enuma Elish reconstruida en 1961, para designar a la estrella polar.
Júpiter, una estrella o un punto de tránsito celeste. Esas son las tres opciones que ofrece la astronomía mesopotámica real. Ninguna es «un planeta gigante de órbita retrógrada y 3.600 años».
La fecha, que casi nadie cuenta bien
Aquí hay que ser justo con Sitchin, porque se le atribuyen cosas que no dijo. Él no anunció el fin del mundo para 2012, ni compró la trampa del calendario maya, y rechazó expresamente las fechas de Nancy Lieder, la «contactada» que fijó la colisión primero en 2003 y luego en 2012.
Lo que Sitchin escribe en El fin de los días (2007) es que el último paso de Nibiru fue en el 556 a. C. Con su órbita de 3.600 años, eso lleva el regreso hacia el año 2900. Es decir: a novecientos años vista.
Que es, comercialmente, la jugada perfecta. Una profecía que nadie que la compre podrá ver fallar.
Ladrillo 4: la reina que quería ser diosa
Puabi fue una mujer enterrada en el Cementerio Real de Ur hacia el 2550 a. C., con un ajuar deslumbrante y, dentro de su propia cámara, tres sirvientas que la acompañaron a la tumba. Cerca aparecieron varias fosas con más muertos —la mayor, la llamada Gran Fosa de la Muerte, con setenta y cuatro—, aunque no está claro que fueran suyas. Su tumba la excavó el británico Leonard Woolley durante la campaña de Ur, entre 1922 y 1934. Tenía unos cuarenta años al morir. Tres sellos cilíndricos hallados junto a su cuerpo la identifican con el título «nin», que la asiriología traduce sin discusión como reina.
En junio de 2010, cuatro meses antes de morir, Sitchin concedió una entrevista al periodista científico Alan Boyle, de NBC News, para promocionar su último libro. En ella retó al Natural History Museum de Londres —donde se conservan fragmentos del cráneo de Puabi— a secuenciar su ADN antiguo.
Su argumento: que «nin» no significaría reina sino diosa; que Puabi sería una semidiosa con ADN Anunnaki; y que comparando su genoma con el nuestro encontraríamos los genes que los Anunnaki, deliberadamente, no nos dieron. Se ofreció a pagar la prueba con su fundación familiar.
El museo contestó, por correo, que solo aceptaría una solicitud de un investigador con «experiencia y habilidades reconocidas en el campo, o con acceso a las instalaciones necesarias para realizar análisis de ADN antiguo». Sitchin no las tenía. Fue un portazo educado.
Murió en octubre de aquel mismo año. Dieciséis años después, la prueba sigue sin hacerse, y no por cobardía del museo: porque la solicitud nunca se reformuló en términos de protocolo científico.
Sobre el otro argumento que circula —que el cráneo de Puabi está alargado y eso «prueba» la hibridación—: la deformación craneal artificial es una práctica documentada en Mesopotamia, en los Andes, en Polinesia y entre los hunos, y se consigue vendando la cabeza del recién nacido. Es marca de estatus. Y, en concreto, los fragmentos conservados del cráneo de Puabi están demasiado mal preservados para sostener nada.
Lo que más le delata: el silencio
La manera en que un autor responde a las críticas dice tanto como sus libros. La de Sitchin se resume en una palabra: ausencia.
En 2001, Michael Heiser —entonces doctorando en hebreo y lenguas semíticas antiguas en la Universidad de Wisconsin-Madison— publicó una carta abierta con ocho preguntas técnicas, todas verificables. ¿Por qué el supuesto símbolo solar del sello VA 243 no es el símbolo solar habitual? ¿Por qué sus equivalencias dios-planeta no coinciden con las listas que dejaron los propios escribas acadios? ¿Por qué muchas de sus traducciones contradicen los diccionarios bilingües?
Tono académico, sin agresividad, con datos. Sitchin no contestó. Nunca.
Hay más. Art Bell, presentador de Coast to Coast AM —la emisora que era prácticamente la segunda casa de Sitchin— le ofreció debatir con Heiser en directo. Sitchin se negó. Su sucesor, George Noory, lo intentó otra vez. Negativa de nuevo. Y así durante años.
Piénselo un momento. Un hombre que se presenta como uno de los pocos eruditos del mundo capaces de leer sumerio tendría, si lo fuera, un interés enorme en defender su lectura ante un colega más joven que le pone la gramática sumeria encima de la mesa. Sobre todo en una emisora en la que él era el invitado de la casa.
La elección de no responder es racional si vas a perder. Y es reveladora precisamente por eso.
Cuando Robert Carroll, del Skeptic's Dictionary, publicó una entrada crítica, Sitchin sí respondió: llamándole «profesor chiflado» y calificando su trabajo de «escepticismo patológico de un no-científico». Al mensajero sí. A los datos no.
Los nombres que puede buscar usted mismo
El consenso contra Sitchin no es una opinión: es trabajo publicado. Estos son los apellidos, por si quiere comprobarlo por su cuenta.
| Quién | Qué es | Qué aporta |
|---|---|---|
| Michael S. Heiser 1963-2023 | Doctor en hebreo y lenguas semíticas antiguas (Wisconsin-Madison) | Dos décadas desmontando cada ladrillo lingüístico. Su monografía sobre el VA 243 es el documento de cabecera |
| Ronald H. Fritze | Doctor en Historia por Cambridge | Invented Knowledge (2009): el manual de referencia sobre pseudohistoria. Desmonta a Sitchin con cita de página |
| William Hallo 1928-2015 | Catedrático de Asiriología en Yale | Probablemente el sumeriólogo más influyente de su generación. Reseñó El 12º Planeta con una sola palabra: «pseudoantropología» |
| Kenneth Feder | Catedrático de antropología (Connecticut) | Frauds, Myths, and Mysteries, manual universitario desde 1990, ya en su décima edición |
| Jason Colavito | Especialista en pseudohistoria | Trazó la genealogía real de la idea: no viene de Sumeria, viene de Lovecraft y Charles Fort |
| Mike Brown | Astrónomo en Caltech, descubridor de Sedna | La mecánica orbital que expulsa a Nibiru del sistema solar |
De dónde viene esto en realidad
Aquí está lo que más me gusta de todo el caso, y se lo debemos a Jason Colavito.
La idea de que somos creación de una inteligencia extraterrestre antigua, encubierta por una conspiración milenaria, no nace en una tablilla sumeria. Nace en los relatos de H. P. Lovecraft escritos entre 1926 y 1937 —los Antiguos, los que llegaron de las estrellas, la humanidad como accidente o como producto—, que a su vez beben de Charles Fort y su Libro de los condenados (1919).
Sitchin, queriéndolo o sin quererlo, escribió la teología no ficcional de una mitología que ya existía en la ficción pulp. Ese es su verdadero hallazgo comercial: le puso apariencia de erudición —notas, bibliografía, ilustraciones técnicas— a un imaginario que el público ya estaba deseando recibir.
Y aquí conviene no confundirse: el contexto sobre el que escribe es real. Mesopotamia es la cuna documentada de la ciudad, la escritura, el código legal y la astronomía observacional. Los relatos sumerios y acadios de creación y diluvio existen y se parecen al Génesis: el paralelismo entre el Atrahasis, el Gilgamesh y Génesis 1-11 está en los manuales desde que George Smith publicó la tablilla del Diluvio en 1872. Todo eso es cierto y no necesita extraterrestres.
Lo que no es cierto es lo que Sitchin hace con ese material. Donde el texto dice «dioses», él lee «astronautas». Donde dice «creó», lee «clonó». Donde dice «el trabajo de los dioses», lee «minería de oro en Sudáfrica». Cada una de esas operaciones no llega a ser una traducción, sino una sobreinterpretación.
La parte en la que me mojo yo
Llevo cuatro mil palabras desmontando a Sitchin, así que lo justo es que ponga mis cartas sobre la mesa.
Yo uso este universo. En mi novela Caballo de cartón hay bastantes referencias al mundo que construyó Sitchin, y también al de Anton Parks, el autor francés de las Crónicas del Gírkù, que levantó su propia mitología Anunnaki —los Gina'abul— por caminos parecidos y con la misma libertad. Los dos son, para un novelista, una mina.
Y no hay contradicción ninguna en eso, que es justo lo que quiero dejar dicho. Como ficción, el material de Sitchin es magnífico. Tiene dioses con oficio y con envidias, tiene una economía —hace falta oro, y por eso hace falta mano de obra—, tiene un traidor compasivo y un hermano severo, tiene diluvio y tiene promesa de regreso. Es una máquina narrativa perfecta.
El problema nunca fue el relato. El problema es venderlo como traducción. Un novelista que coge a los Anunnaki y monta con ellos una historia está haciendo su trabajo; un señor que dice que eso pone en una tablilla que él sabe leer, no.
Y de paso, un aviso: en la precuela que tengo entre manos, este universo se desarrolla bastante más. Pero eso son noticias para otro día.
Qué queda
Zecharia Sitchin murió en Manhattan el 9 de octubre de 2010, a los noventa años. Dueño de un imperio editorial pequeño pero muy rentable, querido por su familia, apreciado por su audiencia de radio, ignorado por la academia y desmontado pieza a pieza por los pocos especialistas que se molestaron en leerlo en serio.
Está enterrado en el cementerio de New Montefiore, en West Babylon, Long Island. Su lápida lleva una inscripción de tres palabras:
«He Revisited Genesis.»
Revisitó el Génesis. Es una declaración de orgullo, y es también, mirada de cerca, una confesión exacta: revisitó. No tradujo.
Y termino donde me parece que está lo interesante, que no es si Sitchin tenía razón. Lo interesante es por qué millones de personas han preferido durante medio siglo un Génesis con cohetes y minas de oro a la historia real de Mesopotamia.
Y creo que la respuesta es incómoda: porque un relato unificador, con buenos y malos, con origen y destino, con culpables del olvido y profetas del rescate, satisface algo que la divulgación honesta no puede satisfacer sin mentir. La historia real de Sumeria son escribas, contables, reyes asesinados, cosechas y poetas exiliados. Es fascinante, pero hay que trabajársela.
Sitchin, probablemente, no mintió: seguramente se creía lo que escribía. Eso es lo más interesante del caso. No estamos ante un estafador. Estamos ante un convertido.
Y los convertidos, siempre, venden mejor.
📖 Compruébelo usted mismo. El corpus de literatura sumeria de la Universidad de Oxford —el ETCSL— está en internet, es gratis y tiene los textos con su traducción al lado. Busque «Anunna». Verá lo que dicen de verdad las tablillas: nada de cielos, nada de descensos, nada de cohetes.
Fuentes
Documentación de base
- Dosier interno de Clave 45 sobre Zecharia Sitchin (mayo de 2026, revisado en agosto de 2026), del que salen la cronología, la biografía y el aparato crítico.
- Z. Sitchin, El 12º Planeta (1976) y el resto de las Crónicas de la Tierra.
La crítica académica
- SitchinIsWrong.com ↗ — el sitio de Michael S. Heiser: la carta abierta de 2001, la monografía sobre el sello VA 243 y los análisis de las traducciones.
- Ronald H. Fritze, Invented Knowledge: False History, Fake Science and Pseudo-Religions (Reaktion Books, 2009).
- Kenneth Feder, Frauds, Myths, and Mysteries: Science and Pseudoscience in Archaeology (Oxford University Press).
- Jason Colavito, The Cult of Alien Gods: H. P. Lovecraft and Extraterrestrial Pop Culture (Prometheus Books, 2005). Su web ↗.
Para contrastar los textos originales
- Electronic Text Corpus of Sumerian Literature, Universidad de Oxford ↗.
- Chicago Assyrian Dictionary, Universidad de Chicago ↗ — los 21 volúmenes, descargables gratis.
- B. Landsberger y J. V. Kinnier Wilson, «The Fifth Tablet of Enuma Elish», Journal of Near Eastern Studies 20 (1961).
Prensa y enciclopedias
- Ficha de Zecharia Sitchin — Wikipedia ↗.
- El cataclismo de Nibiru y las fechas de Nancy Lieder — Wikipedia ↗.
- Puabi, reina de Ur — Wikipedia ↗.
De la casa
- Urantia versus Caballos: otro libro «revelado» que resultó ser un préstamo con traducción propia.
- La Biblia de Ummo: cómo se construye un corpus falso y aguanta medio siglo.
Todas las imágenes proceden de Wikimedia Commons y se reproducen con su licencia y su atribución, indicadas en cada pie.
David Santiso · Clave 45 · Septiembre de 2026. A partir del dosier de la casa sobre Zecharia Sitchin, revisado en agosto de 2026 y contrastado con las fuentes académicas y astronómicas citadas al final. Documentación y verificación de la redacción de Clave 45, con la ayuda de la IA Claude Opus 5.